KURIOSOS
"La ignorancia afirma o niega rotundamente; la Ciencia duda."

¿Quién fue Marie Curie?

Ya les una pequeña introducción a la vida de Marie Curie en la que toqué algo de la parte técnica y algo de la personal sólo en sus tiempos de estudiante. Hoy les hablaré de los períodos anterior (niñez) y posterior (investigadora). Cuando hablo de los personajes no lo hago, en muchas ocasiones, de forma estrictamente cronológica. A un servidor le gusta explicar en este blog las anécdotas que ponen de relieve el carácter y personalidad de un científico, independientemente del encaje temporal. Pero bueno, dejémonos de preámbulos y vamos a lo interesante.
El único recuerdo afectuoso que tenía de su madre era pasarle los dedos por su frente. No recordó jamás un beso de ella. Resulta que la madre de Marie padecía tuberculosis, entonces incurable, y los signos de esa terrible enfermedad habían aparecido antes del nacimiento de la pequeña Marie. Todo lo que su madre tocaba y utilizaba: sábanas, vajilla, cubiertos, ropa, etc., era solamente tocado y limpiado por ella misma. Así que puede que su carácter terco a la vez que tímido e introvertido estuviera muy influenciado por este aspecto de su niñez.
Cierto verano, junto a su hermana mayor, Bronia, jugaban a “los profesores”. Se dedicaban a alinear las letras del alfabeto en cartones recortados. Una mañana, Bronia estaba deletreando ante sus padres una frase sencilla. Marie, impaciente, le agarró el libro de las manos y leyó casi correctamente el primer párrafo. Notando el silencio que se había hecho, siguió su lectura y fue entonces cuando advirtió la cara de asombro de sus padres y la de enfado de Bronia.
- Perdón, perdón … no lo he hecho aposta … es que como era tan fácil …
A partir de entonces no pudo hacer mayores progresos porque sus padres evitaron desde aquel momento que cayeran papeles escritos en manos de Marie.
Tenía una memoria tal, que sólo con haber leído dos veces una poesía, era capaz de recitarla sin una sola falta. Terminaba sus deberes antes que las demás. Pero con lo que más disfrutaba era con un libro, con las manos en la frente y los pulgares tapándose las orejas para no oír nada. Fascinada por la lectura, perdía toda noción de lo que sucedía a su alrededor.
En una de esas ocasiones en que estaba leyendo, Bronia y Hela hicieron un considerable follón a ver si la sacaban de su concentración sin conseguirlo. Y para hacerle una broma empezaron a construir un andamiaje de sillas alrededor de ella: dos sillas por cada lado, una por detrás, dos encima, etc. Marie no se daba cuenta de los movimientos, ruidos y risitas que había a su alrededor. Finalmente, se retiraron silenciosamente aguardando a ver el desenlace.
Tuvo que pasar mucho rato, una media hora, hasta que Marie finalizó el capítulo de lo que estaba leyendo, levantó la cabeza y todo el andamiaje de sillas se derrumbó. Sus hermanas esperaban una reacción, pero Marie se levantó impasible, frotándose el hombro izquierdo al que una silla había golpeado. Pasó por delante de sus hermanas y no dijo más que dos palabras:
- ¡Es estúpido!
¡Caray! con carácter el de la hermanita pequeña, ¿verdad?
Era la primera de su clase, hablaba ruso, polaco (que era enseñado clandestinamente), alemán, francés y estudiaba inglés, historia, literatura, matemáticas, etc. Debido a ello, frecuentemente sufría los interrogatorios a los que los inspectores rusos sometían a los escolares para confirmar que la enseñanza en ruso era irreprochable. Estos episodios de su infancia, le hacían sentirse humillada y despertarían en ella, más tarde, ideales nacionalistas.
Como no tenían dinero, se puso de acuerdo con Bronia para que, en un principio, Marie trabajara de institutriz enviando el dinero a Bronia y esta última fuera a estudiar París. Una vez que Bronia ya se hubiera situado le devolvería el favor y sería Marie la que viniera a París. Así lo hicieron. Algunos detalles de sus tiempos de estudiante en su buhardilla ya os los expliqué.
Un detalle remarcable de esa época es que hasta entonces había pensado que ella y los suyos eran gente insignificante. Pero al entrar en contacto con la clase acomodada descubrió que era gente fría que sólo trataba de figurar y que no trataban bien a las personas que tenían a su servicio. Esto hizo que tomara conciencia de la nobleza de la gente con la que se había criado.
Vamos mucho más adelante. Ni el amor ni el matrimonio figuraban en los proyectos de Marie. Dominada por la pasión científica, mantenía, a los 26 años de edad, una decidida independencia personal. Pero conoció a Pierre Curie, un científico francés que tenía 35 años. Era soltero y, al igual que ella, estaba dedicado en cuerpo y alma a la investigación científica. Era alto, tenía manos largas y sensitivas y una barba pobladísima; la expresión de su cara era tan inteligente como distinguida. Tenía un carácter tímido e introvertido.
Desde el primer encuentro, en el año 1894, ambos simpatizaron. Para Pierre, la señorita Sklodowska era una personalidad desconcertante: le asombraba poder hablar con una joven tan encantadora en el lenguaje de la técnica y de las fórmulas más complicadas… ¡Era delicioso! Pierre Curie trató de hacer amistad con ella y le pidió permiso para visitarla. Con cordialidad no exenta de reserva, la joven lo recibió en la modesta buhardilla que le servía de alojamiento. En medio de aquel desván casi vacío, con su rostro de facciones firmes y decididas y su pobre vestido, Marie nunca había estado tan hermosa. Lo que fascinaba a Pierre no era solo su devoción por el trabajo, sino su valor y nobleza de espíritu.
A los pocos meses, Pierre Curie le propuso matrimonio. Pero casarse con un francés, abandonar para siempre a su familia y su amada Polonia parecía imposible para la señorita Sklodowska. Hubieron de pasar diez meses antes de que Marie aceptara la propuesta.
En la boda no hubo vestido blanco: era un vestido que le había regalado uno de sus parientes y que, a petición de Marie, tenía que servir después para poder utilizarlo en el laboratorio y que no se manchara mucho. Tampoco hubo anillo de oro, ni banquete, ni ceremonia religiosa. Fue una ceremonia civil en el ayuntamiento de Sceaux. Ni siquiera hubo notario ¿Y por qué tenía que haberlo? Ninguno de los dos tenía nada. Tan sólo se tenían el uno al otro y su única riqueza eran sus bicicletas que habían comprado con dinero que habían recibido como regalo de bodas. Fue una boda en la que no hubo indiferencia, ni curiosidad ni envidias.
Los primeros días de su vida de casados los hicieron paseando por el campo en sus bicicletas. Comían frugalmente y se contentaban con un régimen de pan, fruta y queso; al anochecer paraban en posadas. Por el reducido precio de unas cuantas pedaleadas y unos pocos francos para pagar el alojamiento en los pueblos, disfrutaron de una larga luna de miel.
La joven pareja estableció su hogar en un diminuto apartamento, situado en el número 24 de la calle de la Glacière. No hicieron esfuerzo alguno en adornar las tres habitaciones exiguas. Es más, rechazaron los muebles que les habían ofrecido. ¿Para qué tener canapés y butacas si se habían puesto de acuerdo en suprimir reuniones familiares y visitas? Estanterías de libros decoraban las desnudas paredes; en el centro de la habitación tenían dos sillas y una gran mesa blanca de madera. Sobre la mesa, tratados de física, una lámpara de petróleo y un ramo de flores. Eso era todo.
Poco a poco Marie aprendió a llevar la casa. Inventaba platos que podía preparar en muy corto tiempo. Antes de salir dejaba la llama graduada con la precisión propia de un físico; echaba una última mirada al puchero puesto a la lumbre y salía corriendo para alcanzar en la escalera a su marido, en compañía del cual se dirigía al laboratorio. Un cuarto de hora después podían verla graduando la llama de un soplete con la misma precisión y cuidado que le eran característicos.
De las minas de St. Joachimsthal, situadas en Bohemia, se extraía la pecblenda, un mineral de donde proceden ciertas sales de uranio empleadas en la fabricación de lentes. La pecblenda era un mineral costoso pero una vez que le quitaban el uranio dejaba de tener valor comercial. Según los cálculos del matrimonio Curie, aun aislando el uranio, el resto de los materiales quedarían intactos. ¿Por qué, entonces, no tratar químicamente los residuos que ya no tenían ningún valor?
Creían que en la pecblenda habría un uno por ciento de la sustancia que buscaban. Suerte que no conocían la realidad, pues la proporción era de una millonésima parte.
Comenzaron por hacerse con una tonelada de residuos de dichas minas. Los dueños de la mina no opusieron ningún reparo, pero les advirtieron que tendrían que costear ellos el transporte hasta París. La pareja pagó religiosamente y se quedó sin blanca.
El siguiente paso era encontrar un lugar dónde trabajar. Marie daba clases en una escuela femenina, en cuyos terrenos había un cobertizo medio derruido y abandonado. No tenía suelo, unas desvencijadas mesas de cocina, un pizarrón y una cocinilla de hierro viejo constituían todo el mobiliario. Preguntaron si podían utilizarlo y el director de la escuela, encogiéndose de hombros, contestó: “Por mí…”
Ese lugar debería constar en el libro guiness de los records de la incomodidad de un laboratorio. Durante el verano se convertía en un invernadero debido a su techo de vidrio y durante el invierno no sabían si era mejor que lloviera o hubiera escarcha. Tenían los puntos señalados donde caían las goteras para no poner ningún instrumento. Cerca de la estufa hacía un poco de calor, pero a la que se alejaban un metro volvían a zona glacial. Por otro lado, la mayoría de las experiencias debían hacerse en el exterior, dado que no tenía sistema de evacuación de gases nocivos.
Cuando llovía, debían entrar precipitadamente los aparatos al interior del barracón y, para poder continuar trabajando sin quedar asfixiados, establecían corrientes de aire abriendo puertas y ventanas. Marie sufría brotes de tuberculosis y, desde luego, su forma de vida durante esos años no era el mejor tratamiento.
Eran unas condiciones precarias incluso para la época. El químico alemán Wilhelm Ostwald, uno de los primeros en reconocer la importancia del trabajo de los Curie, viajó desde Berlín para ver cómo lo realizaban. Sus palabras hablan por sí mismas:
Pedí con insistencia ver el laboratorio de los Curie, donde recientemente se había descubierto el radio. Los Curie estaban de viaje. Aquello era una mezcla de establo y de sótano para almacenar patatas, y si no hubiera visto la mesa de trabajo con el material de química, habría pensado que se trataba de una broma.
Más tarde, Marie escribiría:
A pesar de todo, en ese miserable y viejo hangar fue donde transcurrieron los mejores y más felices años de nuestra vida, enteramente dedicada al trabajo. A menudo prefería comer allí para no tener que interrumpir alguna operación de importancia particular. A veces pasaba el día entero removiendo una masa en ebullición con una barra de hierro casi tan grande como yo. Por la noche estaba rendida de fatiga (…) En nuestro hangar reinaba una gran tranquilidad. Cuando teníamos mucho frío, una taza de té caliente tomada cerca de la estufa nos reconfortaba.
Una vez que hubieron anunciado la existencia del radio, la comunidad científica no les creyó. Para ser reconocido, debía calcular el peso atómico del elemento, no valía la simple prueba de la radiactividad.
En las mismas condiciones el matrimonio tuvo que repetir los procesos de nuevo desde el principio. Vestida con su vieja bata, donde el polvo y las salpicaduras de los ácidos marcaban claras huellas, suelto al viento el cabello y en medio de vapores que le atormentaban por igual ojos y garganta, trabajaba Marie. Tuvieron que emplear para ello procedimientos semindustriales, pero claro, para eso estaba Marie y es que esta mujer realizaba una labor de peón. Ella sola parecía una fábrica entera.
Tras cuatro años de duro trabajo y habiendo tratado en total unas 8 toneladas de pecblenda, los Curie sólo pudieron separar una décima de gramo (aproximadamente la cabeza de una cerilla) de radio muy puro. Entonces, determinó el peso atómico del nuevo elemento y los químicos tuvieron que rendirse ante la evidencia de los hechos. A partir de aquel momento el radio existía oficialmente. Marie obtuvo la victoria.
Si habéis visto alguna vez alguna serie o película de Marie Curie hay un momento donde se ve un resplandor verde en los tubos de ensayo. Eso lo explicó George Jaffé, un becario que trabajó en el famoso barracón de la rue Lhomond:
El barracón del que estoy hablando ya no existe, pero debe permanecer en el recuerdo como la escena de una experiencia que, en mi opinión, es única en la historia de la ciencia. Es bien sabido que la separación definitiva del radio de su primo el bario se llevó a cabo mediante cristalización fraccionada de sus sales, un método que los Curie inventaron pero rechazaron patentar, y que continúa utilizándose hasta el momento presente. En la época en cuestión, el proceso de cristalización estaba bastante avanzado y las soluciones de diversas concentraciones se situaban a lo largo de las paredes de aquel modesto laboratorio. Una noche, cuando los Curie entraron en el barracón vieron, para su inmensa sorpresa, que todos los recipientes brillaban con una mística luz verduzca. La concentración de los líquidos originales era tan alta que habían ionizado fuertemente el aire dando lugar a una especie de efecto corona.
En fin, me he extendido demasiado. Quedan muchas más cosas que contar sobre Marie y Pierre Curie, pero las dejaremos para otras historias.
Fuentes:
“Marie Curie”, Robert Reid
“La vida heroica de Marie Curie”, Eve Curie
“Momentos estelares de la ciencia”, Isaac Asimov
“Las damas de laboratorio”, María José Casado Ruiz
http://ichasagua.dfis.ull.es/cientificos/mariecurie.html
http://www.notetrago.com/viewtopic.php?t=3584